En ocasiones he sido tildado como “impulsivo”, “agresivo”, “grosero” y hasta “poco respetuoso”, solo por decirles personalmente a los demás, lo que siento o pienso con relación a un determinado hecho, e incluso llego a ser condenado y rechazado. Nada más alejado de la realidad: la sinceridad no está necesariamente reñida con la educación. Tiene que ver más bien con la poca cultura en relación a dar una retroalimentación oportuna y con todas las condiciones para que sea una conversación clara, amable y asertiva, haciéndose cargo por lo que se siente y se dice, dejando que el otro se responsabilice por lo que escucha y siente.
Entiendo por asertividad la expresión directa y genuina de los sentimientos, deseos, derechos legítimos y opiniones propias, sin amenazar o castigar a los demás y sin violar los derechos de esas personas. La aserción implica respeto hacia uno mismo al expresar necesidades personales, defendiendo los derechos correspondientes y respetando los derechos y necesidades de las otras personas. Es un proceso totalmente empático, bajo ninguna circunstancia estoy hablando de pases de factura o necesidad de descargar la emoción que en ese momento aparece, ni mucho menos arremeter contra nadie.
Lo que se persigue con el entrenamiento en asertividad, es que reconozcamos cuáles son nuestras responsabilidades en la situación y qué consecuencias resultan de la expresión de los sentimientos. La conducta asertiva no tiene siempre como resultado la ausencia de conflicto entre las dos partes; pero su objetivo es la potenciación de las consecuencias favorables y la minimización de las desfavorables.
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