
John Bowlby acuñó el concepto de apego en los años sesenta y lo definió como un sistema de sobrevivencia biológica y emocional, que activa la búsqueda de protección de los cuidadores primarios: padres, tutores, hermanos parentales, etc. Su fundamentación explicó con mucho tino, de qué manera el apego seguro ayuda a sobrevivir las emociones negativas, para luego reestablecer la esperanza, el optimismo y la ecuanimidad. También ilustró cómo las distintas formas de la inseguridad interfieren con la regulación de las emociones, la adaptación social y la salud mental.
Aunque algunos hablan de la emoción del apego, este se ha definido como una función biológica destinada a vincular al niño con su madre o padre (o adulto de referencia) a fin de garantizar la supervivencia del organismo. En este contexto, el niño cuenta con un repertorio de conductas (como llorar, “hablar”, tocar…) que le sirven para captar la atención del adulto y de esta manera se puede empezar a formar una relación de apego. Mediante las atenciones y cuidados de quienes estén al auxilio del bebé, comienza la conexión y se desarrolla una relación y un vínculo. Esta conexión corporal y emocional es clave para la formación de una relación de apego segura.
El apego seguro promueve la regulación emocional sana, flexible y congruente con la realidad; permite experimentar y expresar emociones sin necesidad de defenderse. A diferencia del apego inseguro, que contribuye a la distorsión o a la negación de las emociones, a la supresión de su expresión, al rezongar de las amenazas y a empobrecer la capacidad de lidiar con los desafíos adaptativos y adversidades. En este sentido, Bowlby subrayó la importancia de no perder de vista la función biológica adaptativa de las conductas de apego así como la importancia de los factores genéticos que influyen en las conductas de la especie y del individuo (Bowlby, 1979). Necesitamos establecer un vínculo emocional y afectivo para sobrevivir, no solo necesitamos a la madre por alimento. Es una necesidad primaria vital.

Por otro lado, tenemos la mirada contraria que considera al apego como la ilusión de que las cosas son permanentes, tiene mucho que ver con la resistencia al cambio, la negación de que todo tiene su final, como dice la canción de Héctor Lavoe. Que todo es vana ilusión, que todo lo que nos ate a este mundo se convierte en una pesada carga para la vida. Son amarres que nos mantienen con bajo nivel de conciencia y nos impiden vivir libremente. La mayor causa de nuestros sufrimientos tienen que ver con el apego. Nos apegamos a nuestro cuerpo, a las personas, a las cosas, a las circunstancias. El aprender a desapegarnos nos da libertad y felicidad, tomar conciencia de que solo tenemos el aquí y el ahora, nos bridara la posibilidad de ser auténticos, independientes y autónomos.
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